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Diario YA


 

Ante la plaga de incendios

Manuel Parra Celaya. Ya no es apenas noticia que al llegar el verano se multipliquen los incendios en España. Esta vez se han distinguido, de momento, en el castigo la Sierra de Gata cacereña y la ya siempre asolada Galicia.  Tan acostumbrados están los medios de difusión que –me imagino- salvo la extensión de la zona en llamas y las incidencias concretas de cada caso, tienen unos latiguillos o lugares comunes que sirven a un público también acostumbrado a la cantinela: “controlado pero no extinguido”, “ se han desalojado por precaución…”, “se desconocen las causas, pero…” Y aquí se suele añadir “puede haber sido una colilla mal apagada” o el no menos habitual “se cree que pudo ser intencionado”.
    La explicación de la colilla nunca me ha convencido del todo, aunque no descarto su posibilidad; hace años también dejé de creer en la causa posible de unos cristales rotos que actúan como lupa; sobre los riesgos de la quema de rastrojos, me permito asimismo mis humildes dudas, porque me cuesta aceptar la falta de pericia de los agricultores; las barbacoas me parecen un caso de ciencia ficción, máxime cuando se ha decretado hace años su sellado por estas fechas. Y más absurda aun la hipótesis de los fuegos de campamento mal apagados; primero, porque casi nadie se atreve a penderlos en las actualidad y, segundo, porque mi experiencia personal me afirma con rotundidad que ningún experto en actividades juveniles al aire libre provocaría un incendio por descuido; y no hablo a humo de pajas (nunca mejor dicho): un servidor ha encendido y apagado cientos de hogueras en torno a las cuales disfrutaban los acampados en sus años mozos, como Jefe de turnos del Frente de Juventudes, ni me ha llegado noticia de que hubiera ocurrido en ningún campamento. Por el contrario, sería conveniente traer a la memoria histórica de verdad la repoblación forestal que llevaron a cabo aquellos chavales a lo largo de la historia de aquella Institución.
    Echo mano al recuerdo y casi estoy viendo las perolas y cubos llenos de agua a disposición de la escuadra de servicios, el retén a cargo del jefe de día hasta que la última ceniza dejaba de humear; escatológicamente, también evoco la micción colectiva –con perdón- de algunos mandos para rematar la faena…
    Volviendo al presente, me quedo, pues, con la tesis de que la mayoría de los incendios son provocados: maníacos pirómanos, picaresca, quizás, para ampliar las lindes de un terreno (sé de algún caso) y, sobre todo, eliminación de obstáculos naturales y legales para la especulación de terrenos destinados a zonas de recreo, como campos de golf (también conozco algún caso). He leído que se ha modificado la ley que impedía la recalificación  hasta treinta años después del incendio, y me parece que los legisladores no han andado muy acertados, como en tantas otras cosas. Confiemos, pues, en la autoridades judiciales y, especialmente, en la Guardia Civil para detectar orígenes y culpables, y en los sufridos bomberos para atajar las llamas…
    Otra cosa son los incendios que podríamos denominar de naturaleza moral y política, esos que son claramente provocados y prenden en grandes extensiones, indistintamente en verano en invierno, sin que acudan a sofocarlos equipos especializados ni la Benemérita detenga a los culpables. Los lectores habrán adivinado que me estoy refiriendo, no a la vulgar demagogia pre y poselectoral ni a los rifirrafes de los partidos, sino a los que tienen la pretensión de que sus llamaradas afecten al propio ser de España: quienes cuestionan  a diario impunemente su unidad e integridad y quienes pretenden reavivar rescoldos, casi apagados hace décadas, de odios, revanchismos y retornos en la historia. Contra estos no hay autoridad que intervenga…
 

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